Fuego que arde en el corazón, llama de amor viva, fuego del amor de Dios que nos impulsa a salir de nosotras mismas.

Que nos desinstala de las inercias y de nuestro propio querer e interés; que nos ensancha por dentro y nos urge a abrir las puertas de nuestra vida y de nuestras casas para acoger verdaderamente y dejarnos acoger.

El fuego se transforma en abrazo, sí; abrazo a tantas realidades que claman justicia, a tantas hermanas nuestras/os descatados, excluidos; abrazos que nos enseñan a ser abarazadas y acogidas en nuestra diferencia.

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