Dice el salmo: “Oigo en mi corazón: busca mi rostro”

Acogemos la invitación del Señor a buscar su rostro en todo lo creado; en la bondad, muchas veces oculta por tanta injusticia; en tantas vidas entregadas por amor; en los gestos pequeños y sencillos… en toda persona, especialmente en aquellos que más sufren; en la comunidad eclesial…en la noche, personal o colectiva…

¡Busquémosle! Él habita en nosotros. Busquémosle sin descanso, con empeño,

¡con pasión!

Él, en su amor y con el aliento de su Espíritu, avivará nuestra experiencia de sabernos tatuados en la palma de sus manos y renovará nuestra esperanza y nuestras fuerzas para continuar la obra que nos encomendó a cada uno, a cada una, en la sencilla cotidianidad de la vida.

¡Busquémosle! Y al encontrarle… ¡mirémosle y quedaremos radiantes!… será perpetua nuestra alegría y nuestras voces cantarán ¡¡ALELUYA!!

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